El desafío se plantea al momento de que día a día nos alejamos más, pavimentando una calle que en cada momento se duplica la distancia y que encontrar la unificación de la actividad, no es más que una utopía de reyes mágicos, que arrebatan al corto andar ese ímpetu de forjar un camino alegre, transformándolo en algo inalcanzable, en un encuentro utópico, sin desenlace marcado y que la variabilidad de las coordenadas para encontrarte sólo me permiten perderme en un bosque virgen inexplotado, sorprendiéndome con cada rama de tu vida, transformándolo en un bosque maldito, sin deseos de explotar y con ganas de tirar todo al tarro de la basura. Pero dentro de toda esa oscuridad que nos pueda unir, existe un punto en que logramos el entendimiento de manera inflexible, siguiendo patrones poco fundados aunque intentando encontrar un solo final: verte.
Jamás me comprenderías mi capacidad de crear instancias fantasiosas o virtuales donde poder verte. Mi locura por lo ilógico va más allá de lo lógico, porque lo lógico, para mi lógica, no es lógico, sino que es una instancia para corromper los estatutos de la comunicación, siendo capaz de hacer lo más pensado, hasta lo más impensado, pudiendo viajar por cielos oscuros en la búsqueda de mi destino, ese destino que no tengo definido, pero que pronto lo definiré, intentando la membresía de la vida y proyectándome como un futuro hombre de bien con actitudes del mal, sin ocultar el abismo que daña al resto de los mortales habitantes de mi poco agraciada y valorada vida.
Lo hice bastante mal, pero es inaudito culpar al código de injusticias por mis actuares, ya que el desenfreno y el descontrol sembrado por mi actitud, produjo sus frutos y me vi en la obligación de cosechar sombrías etapas de un incontrolable e indomable carácter y de una magra actitud con el resto de los individuos que habitan a mi alrededor, provistos de sus utopías del dinero, creyendo que con un buen par de ceros lograrás la felicidad absoluta, no percatándose que, directa o indirectamente, somos consumidos por una máquina que se llama dinero y su mejor presentación plásticoartificial llamada tarjeta.
Harina de otro costal es la humillación que rendimos al tributar un vil billete, eso corresponde a quienes construyen su felicidad bajo el dinero, construcción que está hecha a bases de mentiras y provistas de cimientos arenosos que no resisten los embates de los ataques bursátiles.
Nuestra nación posee una geografía única e inigualable, en eso podemos concordar muchas personas, pero yo siempre me pregunto: ¿por qué tienen que existir distancias tan marcadas? Dilema difícil de explicar al momento de mirarlo bajo el lente humano, aunque comprensible de manera total al recorrer las horas de camino entre un lugar y otro. Vivir en San Bernardo no provoca una gran plusvalía dentro de la zona urbana del Gran Santiago. Ubicados a dieciocho kilómetros lineales exactos del seudollamado kilómetro cero de Chile, la plaza de armas de Santiago, somos mirados como el patio trasero de la cuidad, como la ruralidad dentro de la urbanización, como el campo dentro de la cuidad. Pero qué carajo me importa a mí vivir a tan marcada distancia, si esos dieciocho kilómetros bordean el diez por ciento de distancia a ciudades y comunas que más me interesan a mí.
Nunca he vivido fuera de Santiago, o de San Bernardo. No sé qué se sentirá ser “afuerino” y llegar a una ciudad colapsada por las partículas de humo mezcladas con aire, haciéndolo un elemento vital demasiado tóxico, o cómo será llegar a una ciudad donde el agilizado ritmo de vida se adapta desde el nacimiento de los niños y que intentar la adaptación de la manera de vivir, luego de pasar una vida más relajada en regiones, es una tarea maratónica, produciendo cambios de ánimo y el tener que adecuarte a situaciones poco decorosas, dignas de una bajeza suburbana y poblacional, pero que al estarlas viendo todos los días se convierten en paisajes y postales de culto. En fin, me importa otro carajo es vivir en Santiago, por mí, me iría a sur a explorar la flora y la fauna chilena.
Extrañarte es un sentimiento que nace desde las profundidades de los sentimientos de este personaje poco conocido. Al recaer en tu duda de por qué te extraño, recaigo en ese sentimiento de porque rayos no me dices gracias, pero jamás he recibido otra respuesta que un por qué. Que le voy a hacer, así eres tú, así te voy conociendo y así te quedarás, a menos que comprendas el porqué de tu por qué, sabiendo que te extraño aunque no te lo expliques.
Me siento afortunado de tenerte. Pero es algo raro, ya que te tengo, pero no te tengo. Son enigmas algo irrisorios pero que resolverlos sólo dependen de actores conocidos y que sus decisiones nos afectan directamente. Cada palabra emitida por ti, venga de donde venga, es una gota de alegría que sacia mi sed de tenerte. Acercarme a ti no lo podré ni aunque fuera un esclavo, pues las condiciones no están dadas para hacerlo, aunque mis intenciones si lo están.
Encontrar un lazo afectivo contigo se hace una tarea muy adversa, pues los canales de entendimientos son muy limitados y siempre me veo en mi autoobligación de ser mesurado con mis palabras, de no ejercer presión para no provocar molestias y a la larga, no perderte. Mi pensamiento siempre ha sido que es mejor tener un centímetro de ti, que no tener nada, porque con ese centímetro se podría tejer una buena amistad, ya que no existirá jamás la posibilidad de avanzar más en el diálogo. La sinceridad duele o incluso corroe, pero es lo mejor, y siempre soy sincero y planto los pies muy bien sobre la tierra, y sé que ese muñeco ubicado en la fruta de tus cercanías no es un objeto de culto, sino que es una inalcanzable legitimidad, existe, pero no está. Afortunado es él y sin gracia a la vez.