sábado, 18 de febrero de 2012

Y, ¿de qué hablamos?

Entendimiento. Eso se necesita a la hora de querer comprender lo que dices, lo que hablas o lo que callas. Nadie entiende cuando no hay claridad, a menos que seas un vidente y puedas leer esos mensajes subliminales que no comprende nadie. Ya no sé que hacer, si dejarte hablar sin tomarte atención o sencillamente... hacer nada. Pero el meollo de todo es comprender lo que nos pasa en el día a día. Conocemos gente nueva siempre, de manera constante y eso se convierte en algo interesante. El hecho de trabajar me ha consumido más de un 70% de mi tiempo, quedándome lugar sólo para dormir y volver al ruedo. La noche es mi fiel compañera, estando conmigo desde el instante que salgo de la casa, hasta que vuelvo a ella. La oscuridad de la calle es como la oscuridad de tu alma, infante sin sentido.

El porqué de las cosas no siempre se obtiene de instantáneamente. Sólo sé que aquel personaje se ha convertido en un actor de primordial esmero, siendo capaz de detener la faena por mirar su sonrisa buena y su cara de belleza. Las horas pasan y el reloj se detiene por 10 segundos siempre en tu aparecida. No sé que decir, ni que hacer, sólo mirarte y soñarte.

El remordimiento ya no corrompe mi mente cuando pienso las cosas. Tú fuiste capaz de surcar el destino y no te arrepientes, sólo pides el perdón. Yo puedo perdonar, pero nunca olvidar. La confianza se rompe fácilmente y esta vez no fue la excepción. Creí en ti como nadie más y fallaste causando rabia y desilución, pero no te puedo juzgar, no soy quién para hacerlo, aunque tampoco quedará sin sanción el pecado capital.

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